Red

El horror de hallarse mil veces y mil más en otras personas, en sus comentarios, recuerdos y reflexiones. Eso es el verdadero significado del internet en nuestros días, al menos en mi día a día. Pasar tantos años construyendo una identidad propia, tan celosamente, alejada del tumulto y luego hallar que los libros que me marcaron aparecen en las listas de otras personas, sus aficiones y gustos bien podrían ser calcas de los míos, incluso la música, los proyectos, la cotidianidad puede ser tan similar en tantas personas ajenas a mi.

El internet nos ha hecho reconocer el hecho de que vivimos en un mundo con millones y millones de personas, todas con identidad propia, algunas muy similares a nosotras y muchas muy distintas. Nos ha invadido con esa multitud de voces, avatares, nombres de usuario, sitios a los cuales accesar. Pero no son esas miles de personas y voces y nombres los que conocemos, ni los que puedo recordar justo ahora, sino más bien una masa informe de personalidades múltiples, con infinitas aristas y una sospechosa homogeneidad surgida del promedio tumultario.

Si todo lo que somos está ya narrado, día a día, en un banco mundial de datos, junto con el de millones de personas, si lo que vamos poniendo en esos formularios se va influenciando y retroalimentando con lo que alguien más en alguna parte distante puso y nos va convocando a la homogeneidad y así se van repitiendo, con ecos, con pequeñas variaciones ¿qué hay de único e irrepetible en el acontecer diario de UNA persona?

Internet nos acerca a la vida del resto del mundo, nos la actualiza segundo a segundo, la deja inundar nuestra intimidad y en retorno se lleva un poco de nosotros. Nos hacemos concientes de lo que los demás creen, lo que se supone debemos creer, de situaciones desagradables que suceden del otro lado del mundo, bellos paisajes en alguna postal de la National Geographic, mascotas perdidas, la cotidianidad de amigos y conocidos. No hay espacio para nada más. Ya todo está contenido ahí y eso nos impulsa a colocar nuestra propia contribución a la infinita pared de los post-its multitudinarios, nuestro propio pedacito de autobiografía.

En internet todo el tiempo debemos estar pendientes de quiénes somos, de cómo esa noción cambia día con día, de quién quiere ser quién, por qué, qué hacen todos los demás, qué podemos poner que hacemos nosotros. Es un formulario infinito e invasivo.

¿Que si es inútil? ¿una mentira? ¿un derecho humano? No lo sé.

Sólo puedo sentirme sobrecojida con la marea de información (las más de las veces, inútil) que me asalta cada vez que abro la portátil y pretendo ponerme a hacer cualquier cosa. En esos pequeños espacios entre una actividad y la siguiente están asomándose esos centenares de ojos ajenos, estoy asomándome a esos centenares, miles, infinidades de microvidas ajenas, empapándome de sus cotidianidades, de fotos, noticias, impresiones, sensaciones, todo resumido lo más posible porque no hay espacio para nada más en esta red que trata de acapararlo todo, que todo lo atrapa y que tiene que optimizar palabras, emociones, reflexiones, nombres, todo.

Me temo que no hay tiempo ni para esto que he puesto aquí, en esta parcela cibernética que he querido apartar del resto, como para saberme tranquila y alejada de ese trote infinito e incansable que es el internet allá afuera.

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