Cosas que no te digo, parte 1.

¿Cómo empezar a decir lo que ya he dicho antes, lo que no se debe decir jamás, lo que puede que incluso intuyas y destruiría mucho, con sólo expresarlo abiertamente?

Y sin embargo, cómo seguir viviendo con la certeza, con la confirmación de que es verdad, y no decirlo?

No soy soy quien vive a tu lado. Es mi fantasma el que cohabita contigo, el que recorre las habitaciones, el que  ves pasar, sin hablarte, sin tocarte, junto a ti. Yo no soy, porque he muerto hace ya tanto tiempo. No te toco, no te hablo, no te miro, te evado, para no tener que confesártelo.

Mi corazón no está aquí, ni mi cuerpo, ni mi alma. Tan sólo mi fantasma, la idea que de mi tienes y que retienes contigo.

Ya ni siquiera  lo estoy intentando. No intento ya que esto funcione. No intento que mejore, ni intento convencerme de que debe funcionar.  Tan sólo me quedo quieta, sentada en la habitación contigua, aislada de ti, esperando, esperando que tú lo notes, que seas tú quien descubra mi ausencia, mi muerte, la ilusión con la que estás viviendo.

Creo que, por una parte, a mi me da igual. No espero mayor regocijo en la vida, ni espero obtener sus maravillas y delicias, ni espero poder vivir un amor idílico y exhaltado. Desde hace años que siento que mi destino es sentarme a la orilla de la vida a esperar que se me terminen los años y pueda irme de una vez por todas.  Tú sabes de qué hablo, al menos sabes (porque he dicho su nombre) porqué lo digo, aunque nunca lo haya dicho con esas palabras que parecen alarmantes e impropias para alguien que está en la flor de la juventud.

Pero así es. Hay días, muchos días, días como hoy, como ayer, como el día anterior y posiblemente como mañana, en que me obsesiona la idea de la muerte, de llegar a la meta, al final prometido, en que me siento como un edificio en ruinas, desgastado, fotografiado, abandonado. Porque hace años (nueve) que sentí la plenitud de la vida en mi, que fui golpeada con tanta intensidad, que amé de una forma tan extraordinaria (y fui correspondida en igual proporción), que sentí que era dueña de mi vida, del mundo entero y, de pronto, todo desapareció; así que ahora, la vida, la mía, la del diario, me sabe a arena, me sabe a polvo, me sabe a nada.

Y el sentido común me diría que no es sensato disminuir la vida que tengo ahora, despreciarla, buscar algo más. Y ya no me importa el sentido comnún, si hoy siento que he perdido el sentido mismo de existir, que debí morir hace nueve años, que esta vida que tengo hoy, los años que transito, no son míos, no son para mi… y tan sólo espero.

Y tú, tú sigues ahí, sin saberlo, pretendiendo que estamos en un maravilloso paraíso conyugal y no sabes que si me siento a tu lado, es sólo para esperar que la muerte me lleve de una vez por todas, un día u otro, no sé cuándo.

Y aunque quisiera intentarlo, no puedo ver en ti algo de lo que aferrarme. Ni siquiera importa lo que haga o deje de hacer, para ti sigo siendo maravillosa, la mejor del mundo, y todo lo demás, y me seguirás viendo con esos ojos de enamorado que no te dejan ver que los míos miran al vacío. Y sin importar lo que diga, haga o sea, insistes en que me seguirás viendo igual; así que ¿para qué esforzarme en nada? No sé si seguirás viéndome de esa manera luego de que te diga lo que siento (no siento). Pero, seguramente sí y ambos podremos seguir como si nada, en esta rutina que llamamos vida, hasta que tú veas por fin mi sombra, el fantasma que llamas Mariana y te horrorices y quieras deshacerte de él. O no.

Antes temblaba ante la idea de decirte nada de eso, me lo reprochaba tan duramente y pensaba en lo injusto que sería decidir que ya no quiero estar contigo, si no has sido más que bueno conmigo. Antes hacía todo lo posible por evitarlo, por negarlo, si lo decía era sólo en bromas y me disculpaba inmediatamente. Ahora no me disculpo. Ahora ya no es broma, aunque tú no te des cuenta (no quieras darte cuenta).

En parte eso me hace tan difícil verte a los ojos y querer seguir contigo el resto de mi vida. Pensar que puedas ser tan ciego a mi, a mi verdadero yo. El horror de que, de verdad, seas así como te veo, tan infantil, tan inocente, tan crédulo; que creas que la felicidad para mi puedan ser canciones bobas, artículos de decoración y tomarnos a veces de la mano y que -si algún día estoy de un humor ‘raro’, ya se me pasará. Que si te digo lo que te estoy diciendo ahora ‘sea sólo una etapa’, una ‘de esas que a veces me dan’. Que creas que el problema soy yo y mi mundo de ideas bizarras en la cabeza. Que cuando cumpla 30, todo mejorará, que ya me compondré.

El horror de que no te des cuenta de mi, que no me veas en realidad, que nunca hayas visto en verdad lo que soy, de lo que puedo ser capaz, el fondo de mi alma; la cual nunca has besado, nunca has conocido, no tienes ni idea de cómo sea siquiera.

El vértigo de pensar en que seguiremos juntos toda la vida.

El nihilismo para aceptarlo pensando ‘algún día tendrá que terminar, mientras tanto, aquí me quedaré a ver hasta dónde llega’.

La horrible verdad.

Y la náusea de saber que si te dijera todo esto (quizá llorarías y te haría daño)  me esperarías a decirte ‘qué hacer’, esperarías que yo dijera qué debemos hacer con ello, qué debes hacer tú y qué haré yo. Cuando en el fondo, no me importa y justo por eso sigo aquí, sentada a tu lado, viendo hasta dónde nos puede llevar este camino juntos y dónde habré de bajarme para por fin, comenzar el mío propio, si es que aún puedo construir uno que no sea el que perdí hace tanto tiempo.

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