Cosas que no te digo, parte 2.

No es mi culpa, mi amor, que me ames así. Quizá intencionadamente haya tratado de enamorarte, pero no es mi culpa que me ames así.

Y sé que estás confundido, te veo perdido. No sabes qué ocurre conmigo (nunca lo has sabido), ni sabes qué hacer para remediarlo (para arreglarme).

Te acostumbraste a verme perdida y confundida. Te acostumbraste a rescatarme, a que te explicara porqué estaba hecha pedazos, todo lo que había pasado antes. Y nos alegrábamos juntos de que ‘ahora todo fuera diferente’. Te congratulabas de ser aquél que me había rescatado de la tormenta. Yo elevaba tu ego diciéndote precisamente eso, cómo me habías salvado, cómo eras lo único bueno y sano que me había ocurrido.

Y ahora siento que ya no necesito que me rescates, ni que sostengas mis pedazos y me reconstruyas. Siento que no necesito más que saltar al abismo, romperte ahora a ti.

Te veo a la distancia. Te mido. Tratas de medirme tú a mi. Das vueltas sin saber qué sucede, qué hacer, qué decir.

Ni yo misma lo sé.

Sé lo que ya no siento. Sé lo que quiero confesarte (más bien al mundo entero, no a ti).

Trajiste flores. Evitas molestarte a toda costa, no quieres irritarme, temes que explote y te diga cosas de las que no tienen retorno.

Quisiera dejarte una nota. Dejarte todas las notas que te he escrito, desde las que dicen que te amaba, las que dicen que me sentía afortunada de tenerte a mi lado y las que dirán que me he ido.

Pero no tengo a dónde huir, por más que quisiera.

Y ya no quiero que ‘seamos siendo la pareja perfecta’.

Y mientras más lo pienso, más quisiera saltar, arrojarme al vacío, saltar a la deriva y sentir de nuevo que tengo una vida que hallar, en algún sitio, que aún puedo volver a enarmorame, que puedo hallar la pasión que contigo no tengo en algún rincón del mundo, alejada de todo y de todos. Quisiera sentirme viva, quisiera saber que esto no ha sido más que un (maravilloso) peldaño hacia mi verdadera felicidad, un renglón de siete años en el currículum, un recuerdo.

Eso es lo que me pasa, lo que tú no sabes, lo que no te digo y no sé si adivines o no, pero esas son las ideas que me inundan y que se derraman en nuestro apartamento.

Agradezco que nunca aceptaras mis súplicas de unir nuestros estudios, así ambos podemos encerrarnos en un pedazo de privacidad, lejos del otro, incluso en la misma casa.

Me alegro un poco (amargamente) que nunca hayas logrado ser como quería que fueras, que nunca hayas podido aprender a matener ordenado nada, que sigas arrojándolo todo al piso, que tu estudio esté  lleno de basura, cajas, ropa tirada, platos sucios y que te sientes como desganado, que te descubras los pies mientras escribes en tu ordenador, que dejes los trastes sucios del desayuno (la comida o la cena) en la mesa del comedor.

Quisiera tan sólo dejarlo todo atrás. Dejarte al perro y al gato, la ropa, las fotos, los recuerdos.

Llevarme sólo mis libretas, mis libros, mis efectos más personales (no los que nos unan, sino lo que yo he cargado conmigo desde antes de que tú aparecieras).

Desaparecer.

Gritar.

Correr, reír, ser feliz, sentir que la vida me pertenece, que no estoy estacionada a tu lado fingiendo ser tu mujercita (aunque me niegue a tener el título).

Te quedarías con el perro, el gato, los recuerdos, las fotografías, la ropa, las cosas. Con los momentos felices, etc. etc.

Y yo me sentiría viva.

Y tú quizá siguieras tu vida.

Yo seguiría siendo una nómada que huye.

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