E . O.

Como animalito a su madriguera: así vengo a este espacio en blanco. Vengo a admitir mi cansancio, mi desgaste, el metálico estrés punzante que he traído entre manos desde hace un par de días. Vengo como quien le pide al mundo “dame cinco minutos nomás, por favor” y encuentra que se vale decir: estoy cansada.

Estar frente a la inacabable página en blanco me hace pensar en lo artificial de mi estrés, de mi cansancio, en lo inútil de mis batallas diarias. No sé cuáles sean las preocupaciones de otras personas, aquello que les quite el sueño pero imagino que sí son preocupaciones de verdad, que sí se justifican.

Pienso en las batallas de aquellos que salen día a día a llevar el sustento a sus familias, o incluso en quienes tienen que hacer frente al país fragmentado en que habitamos, en quienes enfrentan el horror de lo que no sale en los encabezados de los noticieros: entender que la barbarie de nuestros compatriotas mutilando a otros compatriotas ya no tiene límites y tratar de hacer algo al respecto.

Pienso en qué tan válido es estresarse porque unos números en la computadora no salen como yo quisiera. Y pienso en la posición tan privilegiada en que me ha puesto la vida. Mi más grande preocupación, hoy, viernes veintiocho de noviembre del dos mil catorce es que un número en la pantalla no dé el valor que yo quisiera que dé. Bebo más café, enciendo el cuarto cigarrillo del día, le digo a los amigos que no puedo platicar por ahora y sigo encerrada tratando de entender por qué la rayita que grafico va pa’rriba en lugar de para abajo.

Allá afuera, el mundo se está poniendo más frío y más feo.

No sé qué clase de persona me hace saberlo y no salir a marchar, codo con codo con quien defienda una causa justa, a preguntarle a la gente si le puedo ayudar en algo, si no me desvelo tan a menudo preguntándome hacia dónde va este país y sí lo hago preguntándome por el cálculo de algo llamado energía oscura que se supone que anda por ahí en el universo.

No lo sé.

Sólo sé que hay cierta felicidad malsana escondida en decir: son las diez y media de la noche y tengo los ojos hinchados de cansancio por tratar de hallar un numerito que debe valer algo sin importar si afuera siguen apareciendo fosas, si hallan a los muchachos desaparecidos, si el precio del dólar aumenta o no. Tiene que valer algo y quiero hallarlo aunque me cueste la enésima noche de desvelo injustificado.

Como sea, he venido nomás a decir que sí estoy cansada, que esta noche recuerdo lo que se siente la metálica punzada del estrés en las palmas de las manos, manos que se crispan, párpados que se hinchan, palabras que se escapan, noches que se enfrían y se alargan… y ni así pierdo este esbozo de sonrisa que le quita todo el peso al mundo.

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