This blue novel: Valerie Mejer

I

Ayer tracé el linde que cruzaré mañana.

Ayer, mientras vigilaba la espuma

que cubre el cuerpo de mi madre

vi las casas de mis abuelos irse al fondo

como un ancla.

Ellas se hunden, yo asciendo.

Ayer, en caída libre, dibujé la puerta que hoy abro.

Sin embargo ser un pájaro es triste

y cuesta innumerables muertos.

II

En el pasto más verde descubrí

gatas que se comen a sus crías

y que había un huracán en los ojos de mi padre.

¿El odio? ¿El amor? Suenan las campanas

y su esposa china muere dando a luz

sin conocer la naturaleza exacta de estas palabras.

El potro que entra y sale del sueño sabe mucho más

acerca de los números ayer calculados.

¿Qué nombre contienen estas cuatro potencias?

¿Dónde vive el dios de los vaticinios?

Hay una cortina delgada como una palabra,

atrás la vida sigue intacta

en las habitaciones sumergidas.

III

Aletea palabra justa para bautizar mi infancia

en el horizonte borrado de mi nombre.

Enumero las cosas de la casa,

cuento los platos de la vajilla hervida

frente al espacio hueco de voces.

El peso de mi cuerpo se hunde junto con las cosas:

la grasa y el brillo de las máquinas, su ruido de lancha,

el retrato del niño que fue mi padre antes del desastre

y más que nada el piano negro con todos su dientes.

He atado estos objetos a los márgenes

del único rostro de Dios que yo conozco: la montaña azul,

colgada primero en un corredor y otra vez a las seis

en el camino más triste del mundo: el camino al trópico.

(es cierto: el infierno es caliente).

El postigo, el jardín, la colección de barcos destrozados

en minúsculos vidrios, granizos del invierno de ayer

cuando mi abuela deseo mi muerte y a su único hijo, desnudo

mientras mechaba mi cabello con las tijeras de las Parcas.

Esa nube de mal agüero se suspende sobre una fecha.

Llueve en esta mañana idéntica en la luz a las mañanas

del sesenta y tantos, cuando mi vida pendía

de un hilo, cuerda tensada para violín del tiempo.

Hace dos años volví y la casa ya no estaba.

Nada.

Ni el hervor de los platos, ni las sábanas blancas.

No estaba el metal de los Mercedes, ni los rodillos de tinta,

no estaba el sótano ni la geometría de los setos.

No estaban ni mi abuelo ni mi abuela

con sus lenguas foráneas. No estaba el olor a ajo, ni la pintura derramada,

ni el acero del odio, ni el azúcar del miedo, ni la niña que fui.

Estaba el mismo hueco que algún día les pareció una promesa.

Como con la montaña azul yo extendía la mano

y el aire iba y venía entre mis dedos.

Estaba el hueco y al doblar la esquina las otras casas: intactas.

Era domingo, aún cuando fuera lunes o viernes.

Todo está ahí, detrás del fantasma de la lluvia

y cuando la tarde venga

y el aire se despeje, reaparecerán las venas de Dios

y una mujer inglesa

volverá a ensayar sus primeros diálogos con el mecánico alemán

y se casará con él, tras dos semanas de farra

gracias a algo como la luz

que no es la luz

y ella aún muerta dice y dijo y dirá

que se unió a él porque el joven alemán podía

tragarse un pastel de un bocado.

Después llegó el domingo

para siempre.

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