teoría del juego

Una noche: ejercicio de la imaginación

Podría decirte “ven”

y vendrías,

decirte toma mi mano,

camina conmigo esta noche

y hablemos de poemas ajenos:

désos que te gustan,

de aquellos que recuerdo.

Andaríamos a ciegas

en el laberinto de una noche

fría y agitada,

doblaríamos azarosamente

en las esquinas

de las húmedas callejuelas

sin nombre.

Andaríamos a ciegas

sin comprender

el motor que nos guía

cuando hablamos así, sin pausas

sin saber quién guía

quién dirige

quién sigue,

confiando, quizá, en el azar,

embriagados

de noche,

de frío,

humedad

y cercanía.

(Me gusta que me conzocas

mejor de lo que aparentas,

que leas mis ojos, mis murmullos,

mis esquivas afirmaciones

y que me dejes pretender

que no lo sé.)

Y supongamos, por ejemplo,

que

te llevara conmigo

a algún lugar desconocido,

viejo y apartado

y te mirara fijamente

como siempre evito hacer

y te tomara de las manos

y

lentamente

te besara en la mejilla.

Usaría el dorso de las manos

para explorar tu rostro

y te propondría que hiciéramos

el amor.

¿Como dos desconocidos?

No,

como dos amantes largamente

soñados,

como quienes se han deseado,

quienes se han buscado

ansiosamente

en otros cuerpos,

otros rostos

otras bocas.

Y esa noche te haría

el amor

con suprema ternura,

con toda la dulzura que he ensayado

en otras noches

extranjeras y distantes.

Y sería proyecto

y sería escultura

y sería conquista

y regocijo.

Y te mostraría todo el fuego

todo el espléndido juego

de amar,

exigir,

conquistar

y entregar.

Y la noche misma sería laberinto

y baile de máscaras que sonríen.

Entonces te diría

“recuerda lo que ocurrió

pero no olvides

que nada ha sido cierto”

y volvería el rostro,

te daría la mano

y seguiríamos siendo un

animado par de amigos

que caminan

y platican de poesías,

de indirectas,

penas y amores lejanos.

9-xii-2014
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Momentum

Luego de varios años de una relación estable, Daniel había considerado terminarla aunque era una idea que sólo le rondaba por la cabeza, sin atreverse siquiera a pronunciarlo en sus pensamientos.

Quizá fuera sólo ese humor raro que tenían ambos hacía un tiempo, habían enfrentado situaciones extenuantes y se habían convencido de que era debido a esas circunstancias que se comportaban de esa manera. Tal vez era estrés.

Y sin embargo no era tan difícil imaginarse en escenarios en los que ambos estaban ya separados; ya no era una idea abominable ni exagerada, aunque no considerara explícitamente la opción de terminar. Después de todo ¿por qué terminar una relación que parecía perfecta? Nunca reñían, ella era muy cariñosa, se tenían confianza mutua, vivían juntos y se apoyaban ¿Qué hacía falta entonces? ¿Se puede tenerlo todo y sentir que falta algo? ¿Qué sería, en ese caso?

Se le había ocurrido todo esto como si lo estuviera narrando a alguien más. Se imaginaba que su relación perfecta había parecido así mientras les había durado el ímpetu con que empezaron, como si luego de los años no quedara más que una bonita simpatía, una amistad honesta, un cotidiano romance que -sin dejar de ser sincero- ya no se sentía como al principio.

¿Se puede basar una relación en algo tan intangible como el ímpetú? ¿Qué hay de todas las demás cosas maravillosas que él tenía en su relación (confianza, honestidad, respeto, cariño)?

Ni siquiera sabía si su metáfora tenía sentido.

Como fuera, nunca había estado en su naturaleza dejar ir las cosas (personas, recuerdos, objetos, relaciones, ideas) y ésta no iba a ser la excepción.

Seguiría con su relación maravillosa -carente de ímpetu- y pensando en esta clase de cosas. Quizá otros muchos años más, hasta que ‘algo’ pasara… lo que fuera.