Dibujándote

Hay pocas cosas que recuerdo de él (o que conozco…ya no sé exactamente),  en realidad muy pocas. Una de ellas es que le gustaba dibujar sillas, imagino que era casi como una obsesión.

No sé qué clase de sillas haya dibujado ni por qué. Yo misma de pequeña trataba de dibujar las mías, pensando que así podría entender qué veía él en tan extraños objetos.

Se me antoja verle ahora, concentrado y presionado por lograr repetir una y otra vez los trazos rectos, la perspectiva, los ángulos adecuados. ¿Habrá imaginado también los colores? ¿habrá pasado por alto las tonalidades metálicas que saludaban desde la formación de sillas del comedor de la casa?

Se me antoja tan frágil en su compulsiva contemplación de semejantes elementos de nuestra cotidianidad. ¿Qué clase de palabras le habrán dicho? ¿qué clase de miradas habrá sentido desde las esquinas de las estancias, de cada una de las sillas de la casa?

Quisiera recordar mejor sus manos. Quisiera recordarle dibujando, desafiando irreverentemente el sentido común de lo cotidiano, reprochándole a la vida su quietud aterradora, descubriendo incesantemente la potencia de los ángulos y los reflejos; tan sólo sentado observando intensamente desde la nada en la que continuamente se sumergía.

Lo cierto es que no puedo verlo (ni me atrevo a intentarlo) cuando pienso en estas cosas. Hay tanto peso por encima de esos años ya pasados y desgastados  por el tiempo. Pesan tan poco esos recuerdos que se me han ido escapando de las manos, como ingrávidas esferas flotando hacia afuera de la ventana, por eso tengo ya tan pocos.

Y es que hay pocas cosas que pesen tanto y puedan ser tan volátiles a la vez como los recuerdos.