diario sin fechas iv

esta tarde fría canto por centésima vez

una balada turca cuya melodía ya conozco de memoria,

canto como quien reza con innegable fe,

como quien estira la mano tratando de cruzar el atlántico enterito y pienso,

pienso en tu cansancio, en que esperas tu tren pasando la medianoche,

en que has escrito besitos en tu último mensaje, así, en mi idioma,

no en el tuyo, no en el crudo inglés que usamos para comunicarnos

ni la lengua que has adoptado en esa segunda patria tuya

sino en el mío…

pienso

canto

río

siento

escribo

Bienvenidos a la UNAM

2014-11-16 11.27.16

No he podido dormir en toda la noche, así que vine a trabajar a mi oficina en la UNAM. Me dirigía a la universidad ayer cuando en la radio escuché del tiroteo: dentro de mi universidad, el lugar donde trabajo, donde paso la enorme mayoría de mi tiempo, mi universidad. Llevaba las libretas, una manzana y la clara intención de adelantar algo de trabajo pendiente.

Un estudiante herido, fotos por doquier en las redes sociales, las placas del agresor, su foto. Todo a una velocidad tan vertiginosa que mareaba. Detuvimos el auto, nos refugiamos en un restaurante un poco más al sur. La última mesa, frente a la ventana, por favor. Afuera los niños juegan con los abuelos en esa bizarra mañana de sábado. ¿Van a ordenar algo? Ni siquiera sé qué decirle a la mesera ¿Necesitan un minuto para decidir? ¿Café? Sí por favor ¿Americano o descafeinado? Los abuelos, los niños, el pequeño parquecito dentro del restaurante. Los comentarios, las especulaciones, la indignación, la democrática lluvia de opiniones expertas en twitter.

Unas horas antes, en casa, la rutina de ejercicio, los audífonos a todo volumen, vencer mi propia marca, cantar victoriosa y platicar por mensajitos de celular sobre el invierno nevado en otro lado del mundo.

Ahora, miraba con ojos vacíos a esos niños, a esos abuelos, la gente desayunando dichosamente tarde ese sábado. Juro que hasta el  sol se ocultó, sumiendo la tarde en una atmósfera sucia y gris. Fueron horas de plática, de tratar de desgranar el tema, de pedir explicación a quien pudiera darla. Pedir ayuda para entender lo que ocurría a la mujer más inteligente que conozco: mi madre. Ella sabía que necesitaba que me dijera “está ocurriendo esto y aquello”, las causas, efectos, escenarios posibles, actores principales, motivos ocultos (no tan ocultos para el ojo experto de quienes dedican su vida a leer esos guiones no escritos de la escena política nacional). No reparé en que quizá ella estaba tanto o más cansada que yo, porque su día a día consiste en luchar contra la desesperanza y seguir creyendo que se puede hacer algo. Lo cierto es que volví a ser la niña pequeña de mamá pidiéndole que le tranquilizara y le dijera que todo está bien, que todo estará o por lo menos que le explicara qué estaba ocurriendo.

Es un acto de fé, le dije. Es un acto de fé no tener evidencias de que algo esté mejorando, de que el incalculable cansancio de quienes, como ella, entregan las veinticuatro horas de su día para tratar de poner orden en medio del caos esté surtiendo algún efecto y, sin embargo, creer que se debe poder hacer algo. Es un acto de fé sentir que yo debería poder hacer algo.

Luego de descargar la confusión, la sorpresa, tratar de desmenuzar el tema por horas, tratar de seguir el plan del día: comprar un sofá cama. Elegir el tapiz, el color de la madera, los cojines. Pretender una normalidad necesaria.

El tráfico espantoso, volver a casa, Insurgentes imposible, granaderos por doquier, un auto incendiado más adelante, encapuchados iracundos.

De verdad ya no entiendo nada / I really don’t know what’s happening in my city country, my friend.

Ausland


Screenshot - 11122014 - 05:14:02 PM

El noticiero te dice que vivo en un país con un estado fallido. Usan las palabras guerra civil, Afghanistán, narcotráfico, ingobernabilidad. Me envías un mensaje para pedirme que me cuide, que mejor trabaje desde casa. You can call me / Thank you, guapo, I promise I’ll be careful. Pero lo cierto es que veo por la ventana y este país se ve tan normal como siempre. Si no abro la página de noticias, ni me entero del metrobús quemado, de la última fosa excavada, de si sí son los desaparecidos o esos huesos eran de otros (¿podríamos sentir alivio al descubrir que no son de los normalistas, al descubrir que los muertos son infinitos, que nos ahogamos en osamentas anónimas?). En la tele, en casa, no hay noticias nunca: sólo la uso para poner música en el DVD que previamente guardo en una memoria. Música alegre, música para cantar a todo volumen y bailar en la estancia, al cocinar, al decidir qué ponerme al día siguiente, al lavar los trastes. Música feliz para estar alegre. Y tanta alegría, la que me acompaña desde que abro los ojos, aún en pijama, calientita y enroscada entre las cobijas, hasta el instante  en que escribo la última línea (de código, de ecuaciones, de versos que nadie habrá de leer jamás) y cierro los ojos dispuesta a soñar, esa alegría me hace preguntarme si es justa, si la merezco: ¿Cómo se puede ser tan feliz, bailar entre tristezas ajenas, entre osamentas, problemas familiares, amores perdidos, caos, soledad y penas? ¿Acaso no es burlarse, o por lo menos algo de muy mal gusto andar por ahí danzando y sonriendo, disfrutando el sol, el frío, la posibilidad de un futuro nevado y exótico?

De ser así, le ofrezco una sincera disculpa a la Muerte, a la muerte propia, a la ajena, a la que se cierne inmisericorde en mi país y en el destino de todos. Le ofrezco una disculpa a la Tristeza, porque la tengo muy abandonada. Una disculpa al Invierno, porque no entiendo sus funestas intenciones (ni me importan). Te pido una disculpa a ti, por tener que leerme tan abiertamente alegre en las mañanas. Una disculpa al cansancio de mi madre, porque carga el mundo más horrible en sus hombros y no puede hablar de ello nunca. Una disculpa a la familia cuya vida me es ajena, a los amigos que he dejado en el camino, y a los que frecuento: perdón por forzarlos a presenciar el espectáculo de mi inconciencia (peor aún, a escucharme cantar en la oficina, a leer mis mensajes en la red, los correos con poemas que reenvío). Le ofrezco una disculpa a la Soledad, a la Nostalgia. Perdón, corazón mío, tan roto y tan maltrecho, por bailar en la oficina, en mi cuarto, sobre tus pedacitos (aún palpitantes) esparcidos en libretas y diarios, agendas, poemarios y montones de versos que nunca concluí. Perdón, poemas que jamás terminé por condenarlos a nunca ser algo completo: mutilados, invalidos, incompletos, feos y ya casi sin sentido.

Perdona, Vida, por mi ligereza. Porque sí veo a mi alrededor, sí me doy cuenta: sólo que no me importa.

“El corazón está hecho para romperse”

Una vez, otra, mil veces, otras mil. Yo seguiré a pesar de la derrota, pero no con cinismo y decepción, sino con la ligereza de quien tiene el corazón tejido, bordado, hilvanado, deshilado.

“la felicidad nunca dura

pero durará lo necesario”

Y mientras mi felicidad dure (este regocijo autónomo, este festival luminoso e injustificado, este milagroso combustible), mientras eso sea, yo seguiré cantando.

Tag der Toten

aún no descifro
el lenguaje en que
estás tejido
se me cofunden las
diéresis turcas
con el hipnótico árabe
en que recitan
el corán
y  la fonética alemana
se alza
como un muro
cuando te escucho
·
·
y
sin  embargo
·
·
me preguntas
por el día de muertos
·
quieres saber
·
te cuento la leyenda
de la mujer dormida
te comparto mixquic
y sus luminosos senderos
esperando llenarse de
muertos
     de almas
         de recuerdos
·
·

me compartes

el tandir en que
tu madre prepara el pan
y tu peregrinación
celebrando  Eid ul-Fitr
a tus primos todos
(a más de treinta
les has llevado regalos)
la foto en que apareces
luego de pintar tu flat
tu trabajo del día a día
los dieciséis kilómetros
de Berlín hacia Potsdam
y la felicidad de tu madre
en esa foto
fumando un habano cohiba
·
·

dices que

nos parecemos mucho
·
y yo
·
que
no sé qué significa eso