Ausland


Screenshot - 11122014 - 05:14:02 PM

El noticiero te dice que vivo en un país con un estado fallido. Usan las palabras guerra civil, Afghanistán, narcotráfico, ingobernabilidad. Me envías un mensaje para pedirme que me cuide, que mejor trabaje desde casa. You can call me / Thank you, guapo, I promise I’ll be careful. Pero lo cierto es que veo por la ventana y este país se ve tan normal como siempre. Si no abro la página de noticias, ni me entero del metrobús quemado, de la última fosa excavada, de si sí son los desaparecidos o esos huesos eran de otros (¿podríamos sentir alivio al descubrir que no son de los normalistas, al descubrir que los muertos son infinitos, que nos ahogamos en osamentas anónimas?). En la tele, en casa, no hay noticias nunca: sólo la uso para poner música en el DVD que previamente guardo en una memoria. Música alegre, música para cantar a todo volumen y bailar en la estancia, al cocinar, al decidir qué ponerme al día siguiente, al lavar los trastes. Música feliz para estar alegre. Y tanta alegría, la que me acompaña desde que abro los ojos, aún en pijama, calientita y enroscada entre las cobijas, hasta el instante  en que escribo la última línea (de código, de ecuaciones, de versos que nadie habrá de leer jamás) y cierro los ojos dispuesta a soñar, esa alegría me hace preguntarme si es justa, si la merezco: ¿Cómo se puede ser tan feliz, bailar entre tristezas ajenas, entre osamentas, problemas familiares, amores perdidos, caos, soledad y penas? ¿Acaso no es burlarse, o por lo menos algo de muy mal gusto andar por ahí danzando y sonriendo, disfrutando el sol, el frío, la posibilidad de un futuro nevado y exótico?

De ser así, le ofrezco una sincera disculpa a la Muerte, a la muerte propia, a la ajena, a la que se cierne inmisericorde en mi país y en el destino de todos. Le ofrezco una disculpa a la Tristeza, porque la tengo muy abandonada. Una disculpa al Invierno, porque no entiendo sus funestas intenciones (ni me importan). Te pido una disculpa a ti, por tener que leerme tan abiertamente alegre en las mañanas. Una disculpa al cansancio de mi madre, porque carga el mundo más horrible en sus hombros y no puede hablar de ello nunca. Una disculpa a la familia cuya vida me es ajena, a los amigos que he dejado en el camino, y a los que frecuento: perdón por forzarlos a presenciar el espectáculo de mi inconciencia (peor aún, a escucharme cantar en la oficina, a leer mis mensajes en la red, los correos con poemas que reenvío). Le ofrezco una disculpa a la Soledad, a la Nostalgia. Perdón, corazón mío, tan roto y tan maltrecho, por bailar en la oficina, en mi cuarto, sobre tus pedacitos (aún palpitantes) esparcidos en libretas y diarios, agendas, poemarios y montones de versos que nunca concluí. Perdón, poemas que jamás terminé por condenarlos a nunca ser algo completo: mutilados, invalidos, incompletos, feos y ya casi sin sentido.

Perdona, Vida, por mi ligereza. Porque sí veo a mi alrededor, sí me doy cuenta: sólo que no me importa.

“El corazón está hecho para romperse”

Una vez, otra, mil veces, otras mil. Yo seguiré a pesar de la derrota, pero no con cinismo y decepción, sino con la ligereza de quien tiene el corazón tejido, bordado, hilvanado, deshilado.

“la felicidad nunca dura

pero durará lo necesario”

Y mientras mi felicidad dure (este regocijo autónomo, este festival luminoso e injustificado, este milagroso combustible), mientras eso sea, yo seguiré cantando.

Carta de María

Fragmento de la obra “El túnel”

He pasado tres días extraños: el mar, la playa, los caminos me fueron trayendo recuerdos de otros tiempos. No sólo imágenes: también voces, gritos y largos silencios de otros días. Es curioso, pero vivir consiste en construir futuros recuerdos; ahora mismo, aquí frente al mar, sé que estoy preparando recuerdos minuciosos, que alguna vez me traerán la melancolía y la desesperanza. 
El mar está ahí, permanente y rabioso. Mi llanto de entonces, inútil; también inútiles mis esperas en la playa solitaria, mirando tenazmente al mar. ¿Has adivinado y pintado este recuerdo mío o has pintado el recuerdo de muchos seres como vos y yo?  
Pero ahora tu figura se interpone: estás entre el mar y yo. Mis ojos encuentran tus ojos. Estás quieto y un poco desconsolado, me miras como pidiendo ayuda.
MARÍA

Ernesto Sábato