Mayo

No importa tanto que hoy no estés conmigo
porque el aire, el mar, el sol y la lluvia,
el mundo todo, saben que tú existes,
o mejor, que ellos son para que existas;
que sería extraño que no fueras tú
la sorprendente meta de la Historia,
la milagrosa conclusión de todo;
de las bibliotecas y los eclipses,
de los ojos que se han demorado en el río,
en las rocas, en la espuma y en los peces,
de las palabras lentas del latín,
de las olas que han alcanzado una orilla,
de todas las partes y los progresos del alma,
de los ladridos y los llantos de los perros,
de las páginas felices de Shakespeare.
No importa tanto, pues, estar solo
porque yo sé, infinitamente,
que de acercar mi oído al pavimento
reconocería tus pasos y saludaría
por ti, otra vez, los trabajos de Dios,
de la Naturaleza y de los Hombres.

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(me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo)

Me gusta mi cuerpo cuando está con tu
cuerpo. Es así una cosa tan totalmente nueva.
Mejores músculos y nervios más.
Me gusta tu cuerpo. Me gusta lo que hace,

me gustan sus cómos, me gusta sentir la columna
de tu cuerpo y sus huesos y la temblorosa
-firme-suavidad y lo que he de
una y otra y otra vez

besar, me gusta besar esto y aquello de ti.
Me gusta, acariciando lentamente la pelusa sacudida
de tu piel eléctrica, y lo-que-sea aparece
sobre la carne que se abre… Y los ojos, grandes migajas de

amor
y, posiblemente, me gusta la emoción
de bajo mí tú, tan totalmente nuevo.

e.e. cummings: i like my body when it is with your

“i like my body when it is with your
body. It is so quite a new thing.
Muscles better and nerves more.
i like your body. i like what it does,
i like its hows. i like to feel the spine
of your body and its bones, and the trembling
-firm-smooth ness and which I will
again and again and again
kiss, i like kissing this and that of you,
i like, slowly stroking the, shocking fuzz
of your electric fur, and what-is-it comes
over parting flesh…And eyes big love-crumbs,

and possibly i like the thrill
of under me you quite so new”

e.e. cummings

This blue novel: Valerie Mejer

I

Ayer tracé el linde que cruzaré mañana.

Ayer, mientras vigilaba la espuma

que cubre el cuerpo de mi madre

vi las casas de mis abuelos irse al fondo

como un ancla.

Ellas se hunden, yo asciendo.

Ayer, en caída libre, dibujé la puerta que hoy abro.

Sin embargo ser un pájaro es triste

y cuesta innumerables muertos.

II

En el pasto más verde descubrí

gatas que se comen a sus crías

y que había un huracán en los ojos de mi padre.

¿El odio? ¿El amor? Suenan las campanas

y su esposa china muere dando a luz

sin conocer la naturaleza exacta de estas palabras.

El potro que entra y sale del sueño sabe mucho más

acerca de los números ayer calculados.

¿Qué nombre contienen estas cuatro potencias?

¿Dónde vive el dios de los vaticinios?

Hay una cortina delgada como una palabra,

atrás la vida sigue intacta

en las habitaciones sumergidas.

III

Aletea palabra justa para bautizar mi infancia

en el horizonte borrado de mi nombre.

Enumero las cosas de la casa,

cuento los platos de la vajilla hervida

frente al espacio hueco de voces.

El peso de mi cuerpo se hunde junto con las cosas:

la grasa y el brillo de las máquinas, su ruido de lancha,

el retrato del niño que fue mi padre antes del desastre

y más que nada el piano negro con todos su dientes.

He atado estos objetos a los márgenes

del único rostro de Dios que yo conozco: la montaña azul,

colgada primero en un corredor y otra vez a las seis

en el camino más triste del mundo: el camino al trópico.

(es cierto: el infierno es caliente).

El postigo, el jardín, la colección de barcos destrozados

en minúsculos vidrios, granizos del invierno de ayer

cuando mi abuela deseo mi muerte y a su único hijo, desnudo

mientras mechaba mi cabello con las tijeras de las Parcas.

Esa nube de mal agüero se suspende sobre una fecha.

Llueve en esta mañana idéntica en la luz a las mañanas

del sesenta y tantos, cuando mi vida pendía

de un hilo, cuerda tensada para violín del tiempo.

Hace dos años volví y la casa ya no estaba.

Nada.

Ni el hervor de los platos, ni las sábanas blancas.

No estaba el metal de los Mercedes, ni los rodillos de tinta,

no estaba el sótano ni la geometría de los setos.

No estaban ni mi abuelo ni mi abuela

con sus lenguas foráneas. No estaba el olor a ajo, ni la pintura derramada,

ni el acero del odio, ni el azúcar del miedo, ni la niña que fui.

Estaba el mismo hueco que algún día les pareció una promesa.

Como con la montaña azul yo extendía la mano

y el aire iba y venía entre mis dedos.

Estaba el hueco y al doblar la esquina las otras casas: intactas.

Era domingo, aún cuando fuera lunes o viernes.

Todo está ahí, detrás del fantasma de la lluvia

y cuando la tarde venga

y el aire se despeje, reaparecerán las venas de Dios

y una mujer inglesa

volverá a ensayar sus primeros diálogos con el mecánico alemán

y se casará con él, tras dos semanas de farra

gracias a algo como la luz

que no es la luz

y ella aún muerta dice y dijo y dirá

que se unió a él porque el joven alemán podía

tragarse un pastel de un bocado.

Después llegó el domingo

para siempre.

Francisco Hernández: Palabras de la griega

No me guardes en tu imaginación.

No me pienses.
Tus ojos están llenos de espléndida ponzoña.
No me mires.
Que mi saliva te inunde la garganta.
No me asfixies.
Deja de agusanar mi mente confundida.
No me pudras.
Guarda mis incisivos en una caja de plata
pero no te arrodilles ante sus resplandores.
No me reces.
Que mis ropajes no sirvan de velamen
a los navíos sin patria.
No me rasgues.
Que mis coágulos no vivan en tus uñas
ni en los nudillos que derriban templos.
No me maldigas.
En la herida la sal halle su suerte.

Ensayo último del deseo

Fue una noche y era un laberinto.
Tentar, tocar, abrir las palmas
deslizarlas lento por la boca
como por una pared,
sentir la cal viva, las cuarteaduras.

Recorrer con los dedos los relieves,
las murallas, las paredes.
Fue una noche y era un laberinto.

Era también aquello un cuerpo
que quise de cresta ilíaca a cresta ilíaca;
milagro que duró una horizontalidad,
destello flamígero incendiando el camino.

Fue una noche vuelta día,
claridad que abolió al laberinto.
Las paredes ya no vivas ni palpitantes,
el cuerpo y su osamenta ahora ajenos.

El milagro revelando sus hilos,
la trampa, la hechura.
Quedaba sólo pensar, rabiosos,
en lo que pudimos poseer
y que luz y verticalidad
negaron con su mañana.

Fue una noche y parecía un laberinto.

A. Vergara, 2013